Silfos y Ninfas, seres mitológicos

Publicado: agosto 4, 2010 de Kai en Relatos extensos

Dejo una historia no muy larga que escribí hace ya un tiempo para un concurso. La revisé hace no mucho, pero solo está corregida hasta la parte en la que los párrafos tienen oraciones más cohesionadas. Terminaré la correción más tarde. De todas formas, el cambio se nota bastante… He mejorado en la escritura. No mucho, sé que todavía me queda por aprender; pero al menos las frases están mejor estructuradas y uso más sinónimos. Así que, sin más dilación, os dejo con la lectura ¡Espero que os guste! =D

Silfos y Ninfas, seres mitológicos

Llegué a casa bastante cansado tras seis horas de clase, cogí las llaves que guardaba en uno de los bolsillos de mi cartera y, con algo de dificultad, abrí la puerta y entré en casa. Una vez dentro subí las escaleras hasta la segunda planta, atravesé el pasillo hasta el comedor, donde dejé la cartera; y fui a la cocina.

Miré sobre las encimeras y vi los macarrones con tomate que mi madre me había dejado preparados la noche anterior. Con mucha hambre comencé el almuerzo acompañado únicamente por Nel, mi mascota.

Cuando terminé hice mis deberes y decidí seguir leyendo un libro que hacía unos días comencé: uno de aventuras que se titulaba “Silfos y Ninfas, seres mitológicos“.

De forma muy resumida, trataba sobre las aventuras de un niño de 13 años que queda huérfano tras un ataque a su pueblo natal. Las ninfas, seres mitológicos de la naturaleza que en esta historia toman una postura guerrera, resultan ser las causantes de la catástrofe. Sack, el protagonista; junto a su amiga Lea, un bebé silfo, ser mitológico de los vientos; un tigre, un animal común como mascota en el lugar en el que el protagonista vivía; y un ejército de silfos, pobladores del cielo; se enfrentan a las poseedoras de la naturaleza, que, en tiempos remotos, eran conocidas por su bondad.

En un primer intento, las ninfas sorprenden a los silfos (pasaje del libro):

- Si atacamos desde las nubes las ninfas no podrán rebatirnos – dijo Silf.

- Sí – confirmó Sack con seguridad.

Sin embargo, estas palabras no convencieron a Lea, que opinó:

- Las ninfas son listas, Silf, jefe de los silfos. Tal vez se esperen este ataque, es más, estoy segura de que estarán preparadas para recibirlo – enunció Lea.

- Tienes razón, saben que nuestro punto fuerte es el aire, pero, entonces, ¿qué haremos? Por tierra sería incluso peor – afirmó Sack.

Esta frase convenció a todos los guerreros del viento y, sin opción a retroceder, decidieron el ataque por aire movidos en parte por los deseos de venganza de Sack.

- ¡Atacad!

Todos los silfos atacaron con sus pequeñas pero afiladas espadas talladas en plata. Sin embargo cometieron un grave error. Las ninfas muy previsoras habían tensado sus arcos y los atacaron de tal modo que la retirada fue inminente. Comencé la parte en que los silfos deciden ir a pedir ayuda a las ondinas, moradoras del mar; pero el sol ya amenazaba con desaparecer por el horizonte hasta la mañana siguiente así que encendí la luz de mi cuarto y seguí leyendo (pasaje del libro):

Todos los silfos y sus acompañantes humanos llegaron a Celt, un pueblo cercano al mar. Y decidieron que, tras hospedarse en una posada, marcharían de nuevo. Pero no todo fue como debía ser.

Tras cenar Sack, Lea y el resto subieron a sus respectivos cuartos.

Cuando ya todos reposaban cansados en sus camas de forma repentina todas las llamas que alumbraban la posada se

apagaron, ni una sola quedó encendida.

- ¡¿Qué está pasando?! – exlamó Sack asustado.

La oscuridad era tal que en ella no se podía distinguir ni la más mínima figura.

- ¡Sack! – gritó Lea.

- ¿Lea? ¿estás…?

Algo me impidió seguir leyendo: la luz de la lámpara de mi cuarto se había apagado. Puse el marca-páginas en el libro y salí de la habitación. Intenté encender la luz del pasillo, pero tampoco funcionaba. Probablemente era un apagón. Entonces vi que mi perro, Nel, había salido de su cama. Algo me llamó la atención: la oscuridad era tal como se describía en el libro, solo un poco menor. “Menuda casualidad” pensé.

-Vaya, ahora se va la luz – le dije a Nel, aun a conciencia de que no me escuchaba.

Momentos después oí como se abría la puerta de entrada. Supe al instante que era mi madre.

- Mamá, se ha ido la luz – enuncié desde el inico de las escaleras.

- Será un apagón sin importancia. Ahora ayudame a preparar la comida, encenderé unas velas si es necesario.

Al día siguiente me levanté temprano para ir al instituto.

Allí me encontré con Adela, mi amiga y compañera de clase. Ésta sufría de una enfermedad de la vista, por lo que llevaba gafas. Tenía el pelo moreno, de media melena; y ojos verdosos. Era alta, de mi misma estatura; y bastante delgada.

Entré en el aula:

- Hola, Ed.

Yo me llamaba Edmund, un nombre muy poco, repito, muy poco común; y mi apellido, Gil, dio mucho de que reírse a los “risitas” de la clase. Tenía 14 años, al igual que Adela; y puedo decir poco más de mí.

- Hola – repuse.

Nos sentamos. Yo junto a la ventana y ella en el pupitre de enfrente.

- Madre mía la que nos espera hoy… -me dijo.

Mi rostro se tornó en una interrogación insonora.

- ¿No te acuerdas? Hoy tenemos el examen de Educación Física.

- ¡Ah! Te refieres a eso… Pero si ni siquiera hay que estudiar, es un examen práctico.

- Ya, pero…

- Se te dan fatal esos examenes, lo sé muy bien. Pero no te preocupes, el profesor es muy bondadoso, pasará la mano por ti.

Adela cambió su rostro de preocupación por uno de enfado severo.

- ¿¡Esa es tu forma de animarme?! No me gusta que me pongan una nota que no me corresponde, ya lo sabes.

- Jajaja… Claro que lo sé. Solo que me gusta que te enfades, es un fenómeno que no se ve todos los días.

- ¿”fenómeno”? Ves, siempre te digo que vas a ser escritor.

- ¿A qué viene eso ahora? – pregunté con una sonrisa.

- A que te encanta usar un vocabulario muy… ¿científico? No, mejor refinado, creo que ese adjetivo es más adecuado.

El timbre sonó a lo lejos.

- Bueno, que comience el espectáculo – afirmé.

- Sí, jajaja… – se rió Adela al mismo tiempo que sacaba los libros de matemáticas de la cartera.

Comenzaron las clases.

En el recreo solíamos sentarnos en algún lado algo aislado y hablábamos de cualquier cosa. Definitivamente puedo decir que Adela era mi mejor amiga.

Tras las clases volví a casa, hice mis deberes y salí, sobre las cinco y media; con Adela. Aquella tarde apenas leí dos páginas.

La tarde siguiente la dediqué de lleno a leer, ya que apenas tenía deberes.

Seguí con la historia y descubrí que lo de la posada fue un premeditado ataque de las ondinas. Un ataque que, por fortuna, fracasó totalmente.

Según dedujó el grupo la única ondina que les atacó quería raptar al bebé que portaba Lea, pero, ¿por qué?

Tras aquello todos fueron sin tardanza a Ondín, hogar de las ondinas (pasaje del libro):

Aquel lugar hermoso, con un inmenso y profundo lago central y grandes cataratas a ambos lados, era el hábitat de las extrañas “mujeres” del agua:

- ¿A que habéis venido, silfos? – preguntó la extraña “mujer” con medio cuerpo en el agua.

- Hemos venido a pediros que nos prestéis vuestra ayuda para luchar contra las ninfas – dijo Silf.

- Tendréis motivos muy importantes para pedirnos algo así. Las ninfas, a nuestro parecer, son seres pacíficos e indefensos.

- Los tenemos.

- Decidlos entonces.

- Las amistosas y dulces ninfas del bosque de Nas han comenzado a atacar a los humanos e incluso a nosotros mismos.

- Sus razones tendrán.

- Si es así, las desconozco.

Hubo un tiempo de reflexión.

- ¿Cómo saber si no mentís?

- Nosotros no ganaríamos nada inventando algo así.

- Está bien, iremos a comprobar la situación.

- ¡¿Comprobar?! – gritó Sack – ¡Mis padres han muerto por su culpa!

- No grites, muchacho, pecador y morador de la tierra. Si quieres que te ayudemos deberás comportarte.

- Sack… – me replicó Silf.

- Lo siento… – me disculpé.

Tras eso, silfos y ondinas vuelven al bosque de Nas a través de un río.

Una ondina, durante el trayecto, regala a Sack una ocarina, la cual tenía el poder de sofocar a las más terribles bestias.

Hasta ahí leí esa tarde.

Más tarde mi madre llegó, al anochecer, y mi padre seguía sin venir de uno de sus viajes en un barco de pesca de gran altura, estaba meses fuera.

Cuando mamá llegó me entregó algo que según ella mi tía le había dicho que me entregase.

- Toma, tu tía me lo dio, dice que lo compró en uno de sus viajes de vacaciones y que a ella no le sirve para nada, dice que lo consideres como un regalo.

Mi madre me entregó una pequeña caja que yo abrí con curiosidad.

- ¿Un silbato, para que quiero yo esto?

Cogí de la caja un silbato de madera, con el grosor de una flauta y una largura escasa.

- Lo compró en Gran Bretaña, cerca de la costa. Según ella es muy valioso.

“Vaya regalo, no podía ser más original” pensé.

- Bueno, ayúdame con la cena.

Al día siguiente, Miércoles, le conté a Adela lo del silbato:

- Es increíble, regalarme un silbato.

- Bueno, al menos no negarás que es original.

- Sí…

- Oye ¿por qué no te lo traes un día de estos a clase? Si es de Gran Bretaña tendrá algo de especial ¿no?

- Vale… aunque te aseguro que no tiene nada de especial.

En clase de Tecnología el profesor nos propuso hacer un trabajo manual, y yo me puse con Adela.

Después de clase, leí hasta las cuatro y algo, y salí a la calle con Adela y mi perro. Era una de esas semanas sin exámenes y con apenas ejercicios.

Esa tarde tampoco leí demasiado.

Jueves, durante las clases hubo un problema.

Justo en la hora de Educación Física, uno de los “risitas” de la clase comenzó a burlarse de mi apellido sin motivo alguno:

- ¿Cómo estás Edmund Gil, perejil, jil, jil? – dijo mientras entonaba a la vez una melodía burlona.

- Ja, ja, ja, ja – rieron todos los demás.

Adela y yo en un principio pasamos de ellos, pero los insultos no acabaron ahí.

- Vaya, si es la miope cegata, que combinación, la miope y el Perejil, el grupo de extraterrestres – se rió de nuevo.

Adela, que no soportaba que se riesen de su enfermedad, le contestó al grupo de “risitas” que iban detrás:

- Es que no puedes cerrar la boca y dejarnos en paz de una vez.

Entonces, aquel chico comenzó a chulearse para no quedar mal ante sus amigos.

- Vaya, que valiente, ¿quién te crees que eres?

Yo, que tampoco aguantaba más, le dije a Adela que fuesemos a hablar con el maestro y así lo hicimos, éste les regaño, aunque Adela y yo sabíamos que eso nos traería problemas más adelante.

Aquella tarde había quedado en salir con Adela a la calle, pero mi madre, que aquel día salió antes de su trabajo, me lo impidió.

- Hoy no vas a salir, vamos a aprovechar que he llegado antes para limpiar en cuanto termines los deberes.

- Pero mamá, le dije a Adela que viniese, ¿qué le diré?

- Pues que no puedes salir y punto, sales todas las tardes, por una no te va a pasar nada.

Tuve que hacer lo que mi madre me dijo y decirle a Adela, que había venido con su bici para dar una vuelta, que no podía salir. Tras hacer la limpieza, y ya bastante tarde, estuve unas horas leyendo.

El ejército de silfos ya había llegado a Nas, y éstos habían otorgado el poder del vuelo al tigre de Sack (pasaje del libro):

Llegamos al bosque de Nas, que en un principio parecía tranquilo, pero no era así.

Las ninfas, muy astutas, prepararon una sorpresa para nosotros.

Tras el tiempo de relajación y silencio, una orda de flechas salió desde el bosque, y nosotros, confiados del poder de las ondinas y creyendo que en el bosque seríamos blancos más complejos para los arcos de las ninfas, nos escondimos en éste.

Pero nuestra sorpresa fue mayor, ya que desde la tierra nos atacoron otros seres de forma inesperada, ciertamente caímos en la trampa de las ninfas.

- ¡¿Gnomos?! – preguntó Sack sorprendido.

Efectivamente todo el suelo del bosque estaba lleno de gnomos, las criaturas de la tierra, las cuales usaron ésta para enterrar los pies de los silfos incluyendo los de Sack.

- ¡¿Qué hacemos?! – gritó Sack sobresaltado.

Sack, Lea, que llevaba el bebé silfo en las manos, el tigre de Sack y los silfos se quedaron inmovilizados por la tierra en mitad del bosque.

- ¡Nos hemos vuelto un blanco fácil para las ninfas! – dijo Lea – eso es lo que querían desde un principio.

El silencio nos inquietaba, pero éste no duro mucho ya que se vio interferido por las flechas de las ninfas.

- ¡Nos atacan!

- ¡Vamos, sabéis lo que tenemos que hacer!- dijo Silf.

De repente las flechas comenzaron a detenerse al acercarse a nosotros.

- El viento – dijo sorprendido Sack – los silfos están usando el viento para detener las flechas.

Entonces, de entre los árboles salió una ninfa, la cual portaba un arco.

- Hola, moradores del viento.

- No necesito tus saludos, ninfa.

-Yo tampoco os he pedido los vuestros.

Empuñó su arco y lo dirigió hacia Lea.

- Ese bebé debe morir.

- ¡¿Qué?!

La ninfa, que creíamos que no tenía motivos para hacerlo, disparó una flecha hacia el bebé.

- ¡No! – gritó Silf mientras intentaba apartar la flecha con el poder del viento.

Es cierto que el viento desvió la flecha, pero ésta se dirigió a la pierna de Lea.

-¡Lea!- gritó Sack.

Finalmente las ondinas sacaron con su poder del agua a los silfos, a Lea y a Sack, y curaron la herida que la flecha de la ninfa le había causado a Lea en el pie izquierdo.

Después Silf le contó a Sack y a Lea los motivos de la ninfa para matar al bebé, y es que éste era hijo de un silfo y una ninfa, y para una ninfa tener un hijo con un silfo era una deshonra.

Hasta ahí dejé la lectura.

El viernes llegué a clase temprano y me extrañó mucho que Adela no viniese.

Por la tarde fui a su casa después de comer.

Toqué la puerta de entrada de la casa de Adela, y tras un tiempo, un hombre, el padre de Adela, me abrió.

- Hola – saludé.

- Hola.

- Quería saber si está Lea… como hoy no ha venido a clase.

- Tú debes de ser Sack, ¿verdad?

- Sí.

- Lea está en el hospital.

- ¡¿En el hospital?!

- Ayer por la tarde tuvo un accidente con la bicicleta – me explicó – pero tranquilo, está bien, sólo se ha hecho una herida en la pierna izquierda.

- La pierna…

- Sí, según dicen los médicos se clavó un hierro de la bicicleta.

Al decir eso, recordé el libro que estaba leyendo y todos los sucesos anteriormente ocurridos.

El apagón en mi casa y en el libro también, la ocarina y el silbato, la herida en la pierna de Adela.

Por la tarde fui al hospital con mi madre a visitar a Adela, ésta me dijo que tal vez el Lunes ya podría volver a casa e ir al colegio, y que se encontraba bien.

Así llegó el fin de semana.

El sábado fui a visitar a mi abuela con mi madre y lo cierto es que aquel día leí poco, estuve la mayor parte del tiempo estudiando para un examen que tenía la próxima semana.

Ese día pasó rapido.

El domingo, que me quedé en casa, si lo pasé leyendo durante todo el día.

Tras ir de nuevo al hospital, seguí leyendo.

Esta vez las ninfas atacaron de un modo cruel (pasaje del libro):

Los gnomos habían formado dos monstruos gigantescos de barro que alcanzaban con suficiencia a los silfos cobijados en el cielo.

Estos no cesaban de dirigir sus ataques contra los ya nombrados silfos.

Sus puños generaban grandes corrientes de aire al moverse, las cuales no afectaban en absoluto a los silfos.

Pero Sack si fue presa de ellas y calló al bosque, tras ser derribado de su tigre alado.

En el bosque el silencio era abrumador, pero uno de los gigantes de barro si que se percató de su estancia y sin dudarlo intentó matarlo por orden de las propias ninfas, que veían a Sack como una amenaza.

Sack, que no se daba cuenta de ello, permanecía en aquel bosque aturdido hasta que una voz le dijo que se agachara.

- ¡Agáchate!

Sack, al que no le dio tiempo a pensar se agachó ante la advertencia de la voz y el puño del gigante pasó muy cerca de él, destruyendo los árboles que allí había.

- ¡Usa la ocarina!

Sack pudo identificar el emisor de esa voz, era una ondina.

Ante la duda, él decidió hacerle caso a la ondina y tocar la ocarina.

Con la ocarina Sack consiguió paralizar a los dos gigantes y con ello, silfos y ondinas los abatieron.

Hasta ahí leí.

El Lunes regresé a clase y Adela seguía sin volver.

En el recreo, dos chicos de curso superior a mí me acorralaron cuando iba a salir.

- Tú eres el chivato ¿no? – preguntó uno.

- ¿Yo…?

- Donde está tu valentía ahora ¡eh!, nenaza.

- ¡Oh! ¿Tienes miedo? – dijo el otro mientras se reía.

- Venga, ve y dile al profesor que vamos a pegarte una paliza, ¡oh! pero si no puedes – se rieron de nuevo.

Aquel chico tan “gracioso” levantó el puño de modo amenazante.

- Pero no puedes… – especulé.

- ¡Sí que puedo!

En ese momento recordé la voz de la ondina.

- ¡Agáchate!

Y eso fue lo que hice, de este modo esquivé el puñetazo de aquel “gigante”, y salí corriendo al patio, ellos me perseguían.

Recordé en ese momento otras palabras.

- ¡Usa la ocarina!

Y sin muchas esperanzas de calmar a esos dos chicos usé el silbato, que había traido para enseñárselo a Adela en caso de que viniera, y en absoluto los calmó, pero de este modo un profesor se vio alertado y los detuvo.

En ese momento pensé que había tenido mucha suerte.

Unos días después Adela volvió a clase, y yo terminé el libro unas semanas antes del verano, el que me salvó, de momento, de aquellos chicos.

El libro terminó con la muerte del tigre de Sack tras la derrota de las ninfas.

Yo temía con gran incertidumbre que a mi perro, Nel, le pasase algo, pero nada sucedió.

Fue ese el momento en el que supe que todo había sido una casualidad, o al menos eso creía ¿no?

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Comentarios
  1. Éste blog se va directamente a mi blogroll.
    Saludos desde Chile.

    R.Y.

    • Kai dice:

      ¡Muchas gracias, Rodrigo! Descuida, que yo también incluiré tu blog en mis enlaces. Es lo menos que puedo hacer y, además, le he echado un vistazo y es realmente interesante. Espero que te guste lo que encuentres aquí :) ¡Un cordial saludo de todos los autores!

  2. maria jesus dice:

    Me encanta esta historia, no he visto cosa mejor. Eres super… XD

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